Piso mis propios recuerdos. Al entrar, los trozos de pared, de ladrillo y de yeso parecen un muro infranqueable, mis piernas andan mareadas por encima de ellos, y mi cabeza parece un barco en alta mar. Mi hija, detrás de mi, juega con un trozo de papel de pared con rosas rojas, ella, está totalmente ajena al precipicio de los recuerdos, de los pensamientos, de los sonidos y las olores, en el que yo me hayo. Es cómo si estuviéramos en dos sitios distintos, ella, en un simple parque de atracciones, yo, en un rincón hecho pedazos de mi memoria.
Aquí crecí, pero no nací, pues nací en un pueblo pequeño y pobre de Extremadura, y aquí venimos mis padres y yo, en busca de lo que encontramos: un piso de cuarenta metros cuadrados, delante de la fábrica textil catalana que nos contrató, húmedo y sombrío a consecuencia de estar justo delante del lecho del río Llobregat, que a partir de ese momento fue motor de la fábrica y de nuestras vidas.
Una nueva tierra, fría en invierno, agradable pero no sofocante en verano, una nueva lengua y unas nueves costumbres; añorábamos nuestra tierra, pero el tener cada día un plato de comer en la mesa, una escuela en la que educarme yo, y cuatro pesetas para ahorrar cada mes, parecía que podía mucho más que el recuerdo y la melancolía.
Ahora, Julia, mi hija me pide ya sonriendo que salgamos a fuera, a la luz del sol otra vez, dónde nos espera su madre, pero yo sigo sumergido dentro de este piso hecho añicos, destrozado y a punto de caerse ya del todo del mundo de los hombres; recordando la habitación que me abrigo durante diez años, dónde aprendí que el mundo era mucho más que mi madre y mi padre, y que el hombre es no de dónde nace sino de dónde pace. ¿Sólo vive dentro mío esa casa pequeña pero calurosa ahora que mis padres han muerto? ¿Tan frágil es la vida humana, los recuerdos, los momentos? Parece que si.
Salimos a fuera, con Julia, un poco menos mareado aún y que sigo apoyándome en cada pared, y ella al pisar la hierba que ya ha ganado la batalla al cimiento de fuera, empieza a correr en busca de su madre que se ha quedado en el coche, temerosa cómo siempre de entrar en lugares oscuros. Y cuando ya no divisan mis ojos a Julia, mi coraza de padre referente se derrite con la visión de la casa des de fuera, dos lágrimas caen, y enseguida empieza un gran llanto, cómo hacía años que yo no veía, sentía. El sonido del río se entremezcla con el de mi lloro vivo, y a lo lejos escucho la voz de María, mi mujer, que ya me reclama.
¿Es esto la vida? Si, lo es.


